confesiones de un ladrôn

Le vi deslizarse en la noche vestido de negro con guantes amarillos para lavar los trastos. Llevaba consigo dos bolsas de basura, mismas que depositô en el contenedor de la cuadra. De vuelta a su casa, observô a sus anchas y no vio a nadie. Nisiquiera un auto a la lejanîa. No apresurô el paso e hizo como si nada pasara. Cruzô la calle y en el medio, se detuvo en un bonito prado que separa los dos carriles. Sacô las tijeras del bolso derecho de su gabardina, inhalô una grande cantidad de aire, se inclinô râpidamente en sus rodillas y cortô tres rosas inglesas de color blanco.
Una pelota rebotaba fuertemente en el interior de su pecho. Se apresurô a abrir su casa y una vez que hubo cerrado el portôn, sintiô una felicidad inexplicable y taquicârdica. Fue a buscar un frasco limpio, le puso agua y las coloco en el medio de la mesa. Tantos dîas tuvo ganas de hacerlo, tantas tardes estuvo a punto de cortarlas, tantas noches soniô con esas flores, justo las de enfrente de su casa, justo de ese color, que cuando las tuvo, fue como cerrar el cîrculo del deseo y la encarnaciôn de la posesiôn de aquello que nos perturba y nos hace fantasear todos los dias.
*