El día en el que la nieve cayó sobre el mediterráneo


No es un acto trágico el que la nieve caiga sobre el mediterráneo, he concluído después de muy largas disertaciones. Tiene más bien algo de onírico y de imposibilidad, de melancolía surreal.
Me recuerdo en la terraza del restaurante acostumbrado de los viernes junto al canal de Beaucaire, comiendo algo sin importancia o que en todo caso no recuerdo, dando mis impresiones sobre el disco Much Ado de M. Ben a éste mismo, cuando muy ligeros copos de nieve comenzaron a descender de entre el aire y el vacío. Detrás, un sol pálido y vencido otorgaba todos los créditos a estos copos, cada vez más gruesos y violentos.
Nos quedamos atrapados entre la nieve y todas las otras posibilidades del mundo, que parecían esperar fuera del restaurante. Debimos aguardar tres horas y luego partimos en medio de la nieve, en unos patines del diablo alados. Sobrevolamos el Ródano, el castillo de Tarascón y llegamos al punto de partida. La nieve continuó toda la tarde, junto con ese halo que daba la impresión de estar jugando algo como Talismán u otro juego del estilo en el que uno consigue hechizos en la taberna o cambia a la princesa por tres sacos de oro. Debo confesar que me daba miedo que la nieve cayera sobre el mediterráneo, tanto que escribí un poema , pero hasta ahora, en pleno otoño, comprendo lo que significa que la nieve caiga en el mediterràneo : la vida es más ficticia de lo que nos han hecho creer.